Mujeres como Adriana pavimentaron el piso para que las nuevas generaciones pudieran caminar y competir en la política a la par de los hombres, ocupar cargos públicos y administrativos históricamente dominados por el gremio masculino.
Por Luis Carlos Bravo | Columna de opinión personal
Entiendo muy bien el significado de por qué se conmemora a la mujer durante marzo. No nace de algo amable. No es una celebración cómoda. Viene del dolor, de la desigualdad y de un machismo arcaico que debemos desaprender todos y todas. Y es justamente en ese contexto donde encuentro a Adriana Aceves Pacheco haciendo lo propio, quizá sin proponérselo como bandera, pero sí como forma de vida.
Mucho antes de que la equidad fuera un discurso recurrente, Adriana ya ocupaba espacios donde pocas mujeres estaban sentadas. Fue reconocida como Mujer del Año en 1986, en una década en la que la política y la administración pública eran territorios predominantemente masculinos. Y ahí estaba ella: preparada, firme y desafiándose a hacer lo que muchas mujeres de su época tenían que pedir permiso para intentar, mientras los hombres lo hacían sin cuestionamientos.
Licenciada en Administración Pública y Ciencias Políticas por la UABC y maestra en Recursos Humanos por el CESUES (hoy UES). Su trayectoria incluye haber sido suplente de una diputación local y posteriormente diputada local por elección, además de desempeñarse como Oficial Mayor del Ayuntamiento en 1985, trabajar en la Secretaría de Desarrollo Urbano en 1989 y fungir como oficial del Registro Civil en 1996. También fue Oficial Mayor del PRI en Sonora, candidata a la alcaldía de San Luis Río Colorado, regidora y posteriormente funcionaria universitaria tanto en el ámbito administrativo como docente.
Pero más allá de los cargos, a mí me toca hablar de ella desde lo cercano. Su nombre forma parte del paisaje político y social de San Luis Río Colorado. Los Aceves son parte de la historia de nuestra ciudad y del valle, tanto en la política como en el deporte, y ese peso histórico ya existía mucho antes de que yo me sentara en uno de sus salones de clase.
Yo la conocí en persona como alumno. En la planta alta del edificio C del extinto CESUES fue donde la vi de cerca, no como exdiputada ni como figura pública, sino como maestra.
En mi paso por la universidad, sus clases —junto con las de un par de maestros más— fueron de las más placenteras y de las que más enseñanza me dejaron. Recuerdo embobarme mientras nos ilustraba sobre la materia, pero también cuando compartía su experiencia en la política, sus vivencias familiares y las raíces que la forman.
Nos hablaba de sus padres y de sus abuelos, fundadores del Valle de San Luis Río Colorado, particularmente en Riíto. Contaba cómo a sus padres y abuelos les tocó desmontar la tierra a mano para ahí plantarse, abrir camino y convertir ese espacio en tierra productiva. No era necesario salir de casa para alimentarse, porque ahí mismo producían frutas, verduras y carne. Esa raíz sigue siendo parte de su carácter.
También recuerdo su optimismo. Su manera simpática y hasta divertida de ver la vida. Entre sus anécdotas nos contó cuando participó en un popular concurso de belleza, quedando en segundo lugar. Siempre lo decía con una sonrisa: “Perdí, pero la que me ganó fue en su momento la mujer más hermosa de México. Es Paty Núñez, quien además de hermosa es inteligente y una mujer muy preparada, la única sanluisina en conseguir la corona de Miss México”.
Esa frase no hablaba de derrota ni de descalificar el logro de otra mujer. Hablaba de lo que hoy llamamos sororidad, de orgullo, de seguridad y de la capacidad de reconocer el mérito ajeno sin sentir que el propio se reduce. De competir sin enemistarse y de admirar sin compararse.
Ahí entendí por qué Adriana es una mujer adelantada a su época. Tiene una raíz fuerte y una personalidad luminosa.
Recuerdo cuando hablaba de su hijo Adrián, a quien después conocí. Las historias que compartía sobre cómo lo educó, cómo juntos enfrentaron la pérdida de su esposo, cómo lo impulsó en el deporte y cómo lo sacó adelante sola, no eran discursos: eran ejemplo.
En ello encuentro una lucha voluntaria o quizá involuntaria por dignificar a la mujer. No desde el discurso, sino desde los hechos. Desde ocupar espacios. Desde resistir. Desde demostrar que la capacidad no tiene género. Porque antes de que la igualdad fuera consigna, hubo mujeres como Adriana que la ejercieron sin pedir permiso.
Hoy Adriana está jubilada. Sus días son más tranquilos, pero su legado está vivo. Porque mujeres como ella no solo ocuparon cargos: pavimentaron el camino para que otras puedan caminar con mayor firmeza, competir en política, dirigir oficinas y tomar decisiones, no como excepción, sino como derecho.
Marzo no es una fecha para flores simbólicas. Es un recordatorio de lo que al gremio femenino le costó llegar hasta aquí. Y en esta historia local, en este capítulo de una mujer sanluisina, Adriana Aceves ocupa un lugar que merece ser contado.





