A tres años de la desaparición de Rafael Gaspar Alvarado Espinoza, su madre mantiene firme la lucha, aferrada a la esperanza de encontrarlo con vida.
Luis Carlos Bravo
La noche del 5 de febrero de 2023 marcó un antes y un después para la familia Alvarado Espinoza. Desde entonces, la ausencia de Rafael Gaspar Alvarado Espinoza se convirtió en una herida abierta que no ha dejado de doler, pero que también se transformó en motor de búsqueda.
“Cada día 5 del mes, pero cada 5 de febrero es una mezcla de emociones que no puedo explicar; es remover de mis entrañas un sentimiento de dolor que no sabía que podía existir hasta que me arrebataron a mi hijo de mis manos. Pero también es la llegada de una fecha que me llama a no cansarme de buscarlo, a tocar las puertas que ya he tocado y no se me han abierto, y a tocar otras puertas por mi hijo y por otros jóvenes y personas que también han sido privados de la libertad”, expresó Mónica.
Relató que semanas antes de la desaparición, al menos tres policías municipales acudieron a la casa de la novia de Rafael con la intención de llevárselo por la fuerza, sin mostrar orden de aprehensión. La intervención de un abogado, amigo de la familia, impidió que en ese momento fuera detenido. Poco después se registró la desaparición del joven, quien entonces tenía 27 años.
Desde aquel momento, su novia y su familia lo esperan en casa, viviendo en la incertidumbre diaria. Sin embargo, la zozobra no es lo único que mueve a Mónica; también la impulsa la valentía de salir a buscarlo, aun cuando eso implique internarse en el desierto o acudir a zonas consideradas de riesgo.
Desde entonces vive en una alerta permanente, como si su vida entera estuviera guiada por el instinto de encontrar a su hijo. Cada actividad cotidiana tiene relación con la búsqueda, con llamadas, gestiones o jornadas en campo junto a otras madres buscadoras. En esas labores le ha tocado localizar restos de personas que durante años fueron buscadas por sus familias, hallazgos que, aunque duros, le reafirman que no debe detenerse.
Mónica mantiene la esperanza de que su hijo sigue vivo y asegura que por eso lo busca con esa fuerza, con la intención de encontrarlo con vida. Al mismo tiempo, dice que no cuestiona los designios de Dios, pero que su deber como madre es no rendirse.
“No hay día que yo no tenga en el pensamiento a mi hijo. Y aunque hay días en los que pierdo la esperanza, al siguiente la recupero y vuelvo a cobrar ánimo para seguir buscándolo, por mí, por él y por todas las madres que como yo viven en la zozobra por no saber dónde están sus hijos”, compartió.
En esa lucha encontró acompañamiento en el colectivo Buscando en San Luis Río Colorado, donde halló apoyo emocional y un espacio para canalizar su dolor en acciones. Actualmente trabaja para fortalecer la agrupación y avanzar en su conformación como asociación civil, con el objetivo de gestionar recursos y ampliar las búsquedas de personas desaparecidas en San Luis Río Colorado.
A tres años de distancia, el dolor sigue intacto, pero también la determinación y la fe. Para Mónica, dejar de buscar no es opción.






