Luis Carlos Bravo
En menos de una semana, los sanluisinos fuimos testigos de algo poco común: la visita, casi en paralelo, de los dos perfiles más fuertes de Morena rumbo a la gubernatura de Sonora. Lorenia Valles y Javier Lamarque.
Más allá de las ruedas de prensa que cada uno encabezó, hubo algo más valioso: la oportunidad de verlos de cerca. De medirlos. De observar cómo piensan, qué tan ágiles son para responder, cómo construyen acuerdos y qué tan claro tienen el rumbo.
Porque una cosa es lo que proyectan al tener una cámara encendida enfrente… y otra muy distinta lo que son cuando se apaga esa cámara y se sienten libres para ser ellos mismos.
En Lorenia Valles veo una figura fresca. Una política estructurada, disciplinada, que piensa antes de hablar. No improvisa, no se engancha, no se desborda, no incendia. Es de esas personas que, como se dice coloquialmente, “donde quiera caben”. Tiene oficio, tiene formación y tiene una narrativa inteligente.
Pero también veo a una figura sobreprotegida.
Su equipo cuida cada detalle: desde el ángulo de la cámara hasta el entorno en el que se mueve. Y eso, aunque suma en control, resta en espontaneidad. No la vi rodeada de perfiles fuertes, ni política ni mediáticamente. Caminó sola.
A Lorenia, además, le falta algo que no se aprende en libros: carácter escénico. Le falta creerse el tamaño que ya tiene. Le hace falta más arrojo. Plantarse no solo como una aspirante competitiva, sino como una figura con la firmeza y el tamaño para llegar al lugar que busca.
También hay algo que vale la pena observar en el fondo del discurso. Tanto Lorenia como Lamarque repiten el mensaje institucional: hay que esperar los tiempos, y si no son ellos, respaldarán a quien resulte. Es el guion correcto.
Pero incluso dentro de ese guion, hay matices.
En Lamarque se percibe como un aspirante que se asume competitivo, con posibilidades reales de ganar. En Lorenia, en cambio, todavía alcanzo a ver ciertas dudas. En una de sus respuestas, comentó que nunca se imaginó llegar a ser diputada federal, y menos senadora. Y ahí es donde algo no termina de cuadrar: más que proyectar firmeza, ese tipo de afirmaciones dejan ver reserva, cautela… o incluso inseguridad sobre hasta dónde puede llegar.
En sus respuestas, Lorenia busca no conflictuarse. Intenta quedar bien con todas las partes, se mueve desde la conciliación, desde la neutralidad. Pero en ese intento también se diluye algo importante: la contundencia. Y la política, muchas veces, también premia a quien responde con frases de remate, con claridad y autenticidad.
Eso sí, hay un terreno donde Lorenia muestra ventaja clara: el mundo digital. Es ágil, entiende las formas, cuida su imagen, domina sus ángulos y se mueve con soltura en redes sociales. En ese escenario, juega con naturalidad.
Del otro lado, Lamarque contesta rápido. Trae las respuestas estructuradas, claras, listas. No duda. Y eso conecta con una percepción de experiencia y control. Sin embargo, en el terreno digital, ahí sí tiene un área de oportunidad evidente frente a una política más adaptada a los nuevos códigos de comunicación.
Eso sí: si Morena define en Sonora que va con mujer, no hay duda de que Lorenia Valles es la opción natural. En ese escenario, vale la pena decirlo: Celida López tiene esa sagacidad y esa capacidad para lanzar frases contundentes que a Lorenia le hacen falta. En cuanto a María Dolores del Río, en lo personal considero que no tiene nada que hacer en la lista de aspirantes; incluso, pese a haber estado esta misma semana en San Luis Río Colorado, su paso prácticamente no generó eco: pocos se enteraron y menos aún la voltearon a ver, reflejo de un perfil que hoy no logra pesar en el ánimo político local. Si de sumar nombres se trata, veo mucho más viables perfiles como Froylán Gámez o incluso Paulina Ocaña, jóvenes promesas de la política sonorense que, sin duda, todavía tienen camino por recorrer, pero también mucho por ofrecer.
Del otro lado está Javier Lamarque. Y ahí lo que se ve es experiencia.
Veo a un hombre maduro, no por edad, sino por trayectoria. Sagaz, con capacidad de respuesta inmediata, con lectura política. Un político que no duda, que no titubea y que se sabe en terreno propio.
Se nota que conoce el aparato, que entiende los tiempos, que mide los silencios. Pero sobre todo, se percibe cómodo en su papel. Hay seguridad. Hay oficio. Hay historia.
También hay algo más: no camina solo. Está rodeado de gente que le entiende el ritmo, que le aporta, que no le estorba. Su esposa, la rectora Patiño, le entiende al tema y eso es media batalla ganada.
En Lamarque veo a un perfil que se asume. Que entiende su lugar en el tablero. Que no le huye a su pasado, sino que lo usa buscando la inspiración de los nuevos.
Aquí entra un factor que no es menor rumbo al 2027: la paridad de género. Morena tendrá que postular mujeres en al menos la mitad de sus candidaturas a gubernaturas, y eso coloca a perfiles como Lorenia Valles en una posición estratégica. Porque más allá de lo estatal, donde aún no se le ve arropada por un cuantioso grupo político sólido, sí cuenta con respaldo en lo nacional.
Por su parte, Lamarque representa otra ruta: la del morenismo de origen, el de las raíces del movimiento. Su fuerza no solo está en su trayectoria, sino también en sus vínculos. Es cercano a Alfonso Durazo, quien más allá de su papel como gobernador, tiene influencia dentro del movimiento a nivel nacional. Y también mantiene cercanía con la presidenta Claudia Sheinbaum, lo que lo coloca en una posición política nada menor.
En Lorenia veo potencial. En Lamarque veo consolidación.





